Imagen

COINCIDENCIAS.INFO - PATRIOTISMO CATOLICO Y SOCIAL

martes, 30 de noviembre de 2004

UCRANIA: LA ENCRUCIJADA DE UNA NACION PARTIDA

La actual coyuntura ucraniana es el reflejo de su historia como nación dividida durante siglos entre las áreas de influencia de los diversas potencias de la región. En todos los campos, la división ha sido siempre el sino del pueblo ucraniano.

Imagen

La división geográfica más clara es la que traza el río Dniéper, que atraviesa la capital, Kiev, serpentea hacia el sudeste rumbo a Zaporizhia y luego vuelve a cambiar de curso para desembocar en el Mar Negro, en Kherson.

Históricamente, el territorio al oeste del río ha sido conocido como Rivera Derecha y al este, Rivera Izquierda. (Para entender por qué derecha e izquierda, el observador debe colocarse mirando en el sentido del caudal del Dniéper. En otras palabras: hay que invertir el mapa).

A grandes rasgos, el ruso es el idioma dominante a la izquierda, al menos en los grandes centros urbanos, y el ucraniano a la derecha.

La ortodoxia es la religión dominante a la izquierda, mientras que a la derecha ese credo coexiste con la iglesia de los Uniates (católica griega), que combina los ritos ortodoxos guardando lealtad al Papa. La iglesia de los Uniatas fue creada a fines del siglo XVI, cuando la aristocracia ucraniana estaba bajo la influencia de la Polonia católica y fue la más severamente perseguida durante los años del comunismo.


Los nacionalistas suelen considerar la época de los cosacos -rebeldes que desafiaron a los señores rusos y polacos en el siglo XVII- como la época de oro del país.

Por lo demás, Polonia, y más tarde Austria, dominaron las áreas más occidentales de Ucrania durante siglos. Esas regiones sólo se unieron al resto del país con el advenimiento del imperio ruso-soviético luego de la Segunda Guerra Mundial, en gran medida en contra su voluntad.

Algunos ucranianos occidentales eran tan profundamente anti-soviéticos que terminaron colocándose del lado de los nazis. Otros combatieron tanto a alemanes como soviéticos con la esperanza de lograr un Estado independiente. Continuando en la región de los Cárpatos la resistencia armada contra Moscú hasta la década de los 50.

Las regiones de Lviv, Ivano-Frankivsk, Ternopil y Volyn siguen siendo baluartes del sentimiento nacionalista ucraniano, mientras la minoría rusa en Ucrania (el 17% del total, según el censo de 2001) vive en la Ribera Izquierda -incluyendo a Crimea- y en Odessa, áreas que votaron por el primer ministro Víktor Yanukóvych.

Parte de la población rusa en el este llegó allí para trabajar en la industria pesada -carbón, acero y química-, que fue desarrollada en la era de Stalin. Crimea, entretanto, se convirtió en el sitio favorito de retiro de la elite soviética.

Esta población era la más "sovietizada", mientras que la del oeste ha mantenido fuertes lazos culturales con el resto de Europa Central.

La consecuencia es una orientación general hacia Moscú, por un lado, y otra hacia Europa y la Unión Europea (EU), por el otro.

Por si las anteriores divisiones fueran pocas, la denominada Rivera Izquierda, la limítrofe con Rusia, es una región fuertemente industrial mientras que el oeste del país, mas urbano, tiene un sector servicios en alza que se ha beneficiado en los últimos años de la proximidad a la UE.

En estas condiciones, la aparición de un conflicto político con la amenaza de la secesión de una parte del país como espada de Damocles era en el largo plazo algo inevitable, máxime con una Federación Rusa en plena recuperación política que no puede permitirse una nueva pérdida de influencia como las sufridas en el Báltico o sus Repúblicas orientales, aun a costa de la división del país.

Con esto en mente, las opciones para Ucrania son a nuestro entender claras: O bien un gran consenso nacional que asegure una Ucrania neutral entre Rusia y la UE, o bien una Ucrania dividida en dos, sin descartar que una de sus mitades sea directamente absorbida por Rusia.

Una Ucrania integrada en la UE supondría una amenaza inasumible por la Federación Rusa, que daría lugar a importantes tensiones que nadie desea, especialmente si como identitarios defendemos un entendimiento entre Rusia y la UE a medio plazo en un marco multipolar.

Y en este sentido, opciones como las sostenidas por grupos identitarios como Fiamma Tricolore es decir, la Europa unida desde Finisterre a Vladivostok, son sencillamente inasumibles: Pretender extender Europa (y con ella el área de influencia europea) más de lo razonable aboca a la debilidad primero y a la caída después. Los que defienden esta tesis han olvidado no sólo el ejemplo Alejandro Magno (el mayor Imperio conocido hasta entonces del que no quedaba nada 30 años después de la muerte de su fundador) sino de la misma Roma, que entendió ya en su ocaso que se había extendido demasiado hacia oriente y optó por otorgar plena soberanía a lo que fue el Imperio Bizantino, que sobrevivió durante casi un milenio tras la caída de la madre Roma.

Rusia está más que dispuesta a dividir Ucrania y la misma Rivera Izquierda del país estaría dispuesta a la secesión. La única formas de mantener una Ucrania unida en el largo plazo sería una complicadísima neutralidad en política exterior (que convertiría a Ucrania en una isla entre dos mercados comunes). Una opción federal estilo belga puede ser un parche inmediato, pero complicará aún mas el problema

Queda una opción por comentar: La integración de una Ucrania unida bajo la órbita rusa. En realidad, no hay ninguna razón por la que Europa debiera temer esta opción, pero la misma supondría trasladar las tentaciones secesionistas del este al oeste, al estilo de lo sucedido en la antigua Checoslovaquia. En esta situación, el oeste limítrofe con la UE haría del Estado Ucraniano una entidad inviable y abocaría a esta nación a su división irreversible.

No hay que perder de vista la postura que están tomando en esta crisis tanto Estados Unidos (deseoso de frenar la recuperación de influencia rusa y de poner palos entre las ruedas del futuro entendimiento UE-Rusia) y la propia UE, dividida entre el deseo confesado de tener voz propia y autónoma en política exterior y los no-confesados de limitar una influencia rusa que se ve con recelo en muchas cancillerías y no enfrentarse directamente a los Estados Unidos.